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Talentos ocultos

En 1940, Gillian era una estudiante muy problemática en el cole. Sus profesores estaban desesperados con su actitud indolente y conflictiva. Pidieron a sus padres que la llevaran al psicólogo, pues consideraban que podía haber algún tipo de trastorno. Sus padres, asustados, fueron obedientes y la llevaron a uno, que en la primera charla, se puso a hablar con Gillian de una manera casual, divertida, sobre las cosas que le gustaba hacer los findes, o cómo serían unas vacaciones ideales… La niña se fue sintiendo cada vez más cómoda y la conversación se alargó más de una hora.

En un momento dado, el psicólogo la dijo: «Gillian, voy a salir un momento a hablar con tus padres, pero tú quédate aquí mirando los libros o haciendo lo que quieras». El psicólogo invitó a los padres a salir de la sala, pero antes, puso un poco de música para Gillian. Al salir, llevó a los padres a una ventana, y les pidió que miraran lo que ocurría dentro, sin que Gillian les viera.

La niña se había puesto a bailar de una manera maravillosa, y todo su lenguaje no verbal delataba felicidad. El psicólogo dijo a los padres: «su hija está perfectamente. Baila como los ángeles. Llévenla a una academia de baile». Con el tiempo, Gillian Lyne se convirtió en una de las bailarinas y coréografas más importantes del siglo XX, famosa por haber diseñado los musicales de Cats y El fantasma de la ópera.

Esta historia la cuenta Sir Ken Robinson en «El elemento», su libro más conocido. Y me parece un ejemplo fascinante de lo que ocurre cuando alguien identifica su talento y encuentra la forma de hacerlo brillar. Mucha gente necesita ayuda para hacerlo. La sociedad no siempre facilita que los niños y los jóvenes descubran sus talentos ocultos. Algunas personas, como Paulo Coelho, superó por sí mismo todas las resistencias, y exploró el talento de la escritura que había en él y le apasionaba. Otras personas no son conscientes de sus talentos por sí mismas y necesitan las miradas de otras, como la madre de Thomas Edison, que creyó en él cuando nadie lo hacía.

Me preguntó cuántos talentos quedan ocultos porque nadie les da luz. Y cuánto pierden las personas y la sociedad por todo ello.

Dejarnos y dejar evolucionar

El mirarnos con perspectiva es una actividad bastante común cuando llega el final de un año. ¿Quiénes somos a 31 de diciembre? ¿Quiénes éramos el 1 de enero? ¿Quiénes queremos ser el 31 de diciembre del año al que ahora damos comienzo? Establecemos propósitos, introducimos cambios. Todo nacido de un afán de mejorar: queremos evolucionar.

Pero no es solo que queramos evolucionar, es que existir significa estar en continuo cambio. Coincidimos todos en que la niñez es un periodo de evolución abismal: aprendemos a dar los primeros pasos, a hablar, a reconocer a quien está a nuestro alrededor, a hacer un número muy amplio de movimientos y acciones por primera vez. Sin embargo, al transitar la juventud, se nos empuja a encontrar un camino, a perseguir la tranquilidad, a tener el objetivo de aferrarnos a alguien y a un lugar. Conforme nos vamos haciendo adultos, es frecuente que nuestro entorno se sorprenda si cambiamos de dirección, de idea, de opinión o de rumbo. Quizá porque creemos que la identidad se construye de nuestras elecciones, nuestros pensamientos y nuestras opiniones más que de nuestros valores. Y quizás también porque creemos que la búsqueda y el desarrollo de la identidad tiene un final. Hace poco encontré en un libro la siguiente frase: “si miras atrás y no piensas <<qué estúpido era hace un año>> es porque no has aprendido mucho en el último año”.

Cambiamos día a día. Esto se ve en el ámbito científico de manera muy clara: lo que hoy sabemos que es cierto, puede que mañana se vea ampliado, matizado o que incluso deje de ser cierto. A mí, personalmente, a veces me cuesta ponerme en la mente del científico. Me cuesta mirar a mi yo de hace uno, dos, tres o diez años. Me cuesta verme en vídeo. Volver a abrir mis trabajos. Releer las palabras que utilicé en un escrito de hace algún tiempo. Me cuesta pensar que dediqué cuatro años a una carrera que ha dejado de interesarme tanto. Pero de ahí también nace querer grabarme de nuevo, seguir escribiendo, explorar nuevas áreas de conocimiento. Dice el diseñador Miguel Milá en su libro “Lo esencial”: “Me metí en el mundo del diseño sin saber lo que era el diseño. En realidad, todavía no lo sé. No lo sé porque creo que el diseño va cambiando. Por eso yo, con el tiempo, voy redefiniendo la idea que tengo sobre el diseño. Es decir, he aprendido a vivir con pocas certezas. También a administras esas pocas verdades”.

Aceptar que existen pocas verdades nos hace ser conscientes de que tan importante es asumir que nuestra evolución es constante como dejar evolucionar a aquellas personas a las que acompañamos. Dejarles experimentar sus propias vivencias, cometer sus propios errores, sacar sus propias conclusiones, llegar a sus propias verdades. Termina Miguel Milá el prólogo de su libro con lo siguiente: “Con ochenta y ocho años esto es lo que pienso. Que quede claro que puedo cambiar de opinión”. Y es que, sin importar la edad, la generación o la etapa vital, lo único que podemos dar por certero es que nunca dejamos de evolucionar, tengamos o no propósitos de año nuevo.

Divagar con foco

Si nos imaginamos a una persona creativa, a la gran mayoría se le viene a la cabeza una persona que está constantemente soñando, divagando de un tema a otro, de manera desinhibida, sin foco, conectando con ese hemisferio derecho lleno de fantasía y caos. Pero, ¿funciona así el cerebro creativo?

En el pensamiento creativo interviene sin duda la red de imaginación, situada en la parte frontal y parietal, responsable de divagar y dejar a la mente fluir libre. Es la razón por la que en muchas ocasiones se nos ocurren ideas en la ducha o al hacer deporte, cuando dejamos de lado el control permanente y permitimos a la mente divagar y generar asociaciones inesperadas. Pero hay mucho más.

Las personas más creativas crean grandes conexiones entre esta red de imaginación y la red ejecutiva del cerebro, responsable de la atención. Dejan volar la imaginación, pero bloqueando distracciones externas y permitiéndose aislarse. En el libro “Rutinas cotidianas”, Mason Currey encuentra una similitud entre diferentes artistas a lo largo de la historia: todos compartían momentos largos concentrados en los que crear, teniendo una gran habilidad para concentrarse y trasladar la atención. Prestar atención para imaginar, focalizarse para soñar, nos hace personas más creativas.

Además de eso, las mentes creativas son capaces de cambiar de manera intuitiva de modo según el momento del proceso creativo en el que se encuentran, dando más importancia a la red de imaginación o a la red ejecutiva, desarrollando una gran flexibilidad cognitiva. Incluso, en algunos momentos tienen lo que muchos investigadores han denominado “atención con fuga”, que les permite concentrarse al mismo tiempo que permiten el paso de información “irrelevante”, combinando la capacidad de foco con distracciones sensoriales. 

Todo esto pueden parecer contradicciones y desafiar los paradigmas que nos han transmitido. Pero la creatividad nace en las intersecciones entre procesos mentales que nos han hecho ver como antagónicos. El profesor de psicología de la Universidad de Claremont, Mihaly Csikszentmihalyi, que lleva años estudiando el proceso creativo, describe así a los perfiles que desarrollan una mentalidad altamente creativa: “si tuviera que expresar en una palabra que hace estas personalidades distintas del resto sería complejidad. Muestran tendencias de pensamiento y acción que en la mayoría de la gente están segregadas. Muestran extremos contradictorios, en lugar de ser un individuo, cada uno de ellos se comporta como una multitud».

El esfuerzo en un nuevo contexto

Ya desde hace tiempo se escucha que las generaciones jóvenes han perdido el sentido del esfuerzo. Como joven habitante del mundo, me he hecho varias preguntas: ¿qué es el esfuerzo? ¿es cierto que los jóvenes de hoy no lo tenemos? Si es así, ¿por qué? ¿es algo social o genético? Y partiendo de esto, he reflexionado sobre varios aspectos.

Antes de la hiperconexión, era mucho más sencillo dedicarse a un único proyecto. Y no es que fuese sencillo en sí, sino que las opciones – y por tanto la elección – eran bastante limitadas. Elegíamos una profesión quizá porque no existía otra en el pueblo en el que vivíamos o porque no había nadie que nos ofreciese otra formación. Así que, una vez establecido el destino, el camino era claro: dedicarse el resto de la vida y poner todos nuestros esfuerzos en aquello que habíamos elegido (o que nos había tocado elegir).

Pero el contexto ha cambiado. Por suerte, el abanico de oportunidades es cada vez más y más amplio. Como consecuencia, somos más multidisciplinares y menos especializados. Pero al elegir, el bombardeo de opciones no cesa, lo que nos lleva a sentir que siempre nos estamos perdiendo algo, que podríamos estar mejor en otro sitio. Entonces llenamos nuestras agendas de proyectos y dedicamos un poquito de nosotros a todos ellos. Es común ver a jóvenes inmersos simultáneamente en varios proyectos diferentes: voluntariados, asociaciones universitarias, clubes de deporte, grupos de debate, pintura o emprendimiento. Pero dedicándonos a mucho, es frecuente que no terminemos aquello que empezamos (porque el tiempo, ya saben, es limitado). Y quizá sea ese deseo de vivir el mundo en toda su amplitud lo que se está concibiendo como falta de esfuerzo.

Sucede también que acabamos abandonando proyectos porque, observadores del mundo, identificamos algo con lo que nos sentimos más motivados. No solo al cerebro humano le gustan la novedad y el cambio, sino que, además, está de moda pensar que si logramos estar motivados, podremos con todo. La receta parece sencilla, pero la realidad es compleja: ¿podemos de verdad con todo? ¿qué pasa cuando no estoy motivado? Cada vez que aquello a lo que nos dedicamos deja de ser novedad, la motivación se desvanece. Entonces, lo que hace falta es perseverar. ¿Qué pasaría si dejásemos de confiar en la motivación y nos entrenáramos en la perseverancia? ¿Y si probáramos a sumergirnos en las profundidades de algo en vez de explorar a lo ancho?

Sobre esto, quizás las generaciones anteriores tengan algo que contarnos. Me da la sensación de que vemos las diferencias intergeneracionales como una guerra, y por lo tanto, luchamos siempre por establecer un ganador y un perdedor. Pero ¿y si lo intentamos ver como un baile? Deberemos entonces coordinarnos, dar nuestros mejores pasos, tener en cuenta al que baila a nuestro lado. Empecemos por establecer las reglas del baile: preguntémonos qué consideramos esfuerzo, analicemos los contextos y los cambios que nos han tocado y estamos viviendo. Una vez establecidas las reglas, comencemos a bailar. Entonces solamente quedará perseverar.

La intensidad de la porosidad

Hay personas que sienten mucho. Algunas de ellas nos dirían que demasiado. ¿Demasiado para qué? Responderían otras.

La porosidad es un impulsor que nos da la capacidad de conectarnos con el entorno, de sentirlo, comprenderlo y, en muchos casos, describirlo de forma muy clarificadora y diferente. Las personas que destacan en este impulsor tienen una sensibilidad que está por encima de la media e implica una alta intensidad emocional, por eso dicen que sienten demasiado.

Esta sensibilidad tiene una doble cara. La misma porosidad que permite percibir las sutilezas y los cambios constantes, observar y sentir lo que otras no son capaces de ver, e interconectar realidades muy diferentes entre sí, también implica sentirse muy vulnerables en determinados momentos. Como en muchas ocasiones, el talento destacado en un ámbito conlleva también espacios de “oscuridad” de los que es importante tomar conciencia.

¿Cómo gestionan esta realidad personas que destacan en porosidad? Hemos descubierto que muchas de ellas de forma intuitiva dan salida a dicha intensidad a través de la creación artística. Es como si necesitasen canalizar todo lo que entra del entorno en su persona hacia fuera nuevamente y esto lo hacen a través de poesías, videos, danza, canciones, pinturas, fotografías…

En Resa, hemos aprovechado el impulsor porosidad para poner en marcha el proyecto Aprender con arte. Esta iniciativa ha consistido en hacer directos en Instagram en los que compartir la experiencia artística de personas que profesionalmente se dedican a otros ámbitos y que se han hecho visibles con sus creaciones artísticas de forma amateur. Cuando les hemos escuchado, nos hemos preguntado qué fue primero si su potencial creativo o su necesidad de expandir hacia fuera todo lo que sienten.

Estamos viviendo momentos emocionalmente difíciles, cada vez se hace más frecuente hablar de cómo nos sentimos en conversaciones cotidianas, son numerosas las personas que están recurriendo a servicios profesionales para aprender a autogestionarse. Nos sale desde aquí animaros a explorar el potencial creativo que todxs tenemos y crear más allá de la calidad del resultado, como una estrategia de poner conciencia y expresar las emociones. Atrévete a con un folio en blanco, la cámara del móvil, una danza, etc, con aquella acción creativa que te impulse y olvídate de juzgar su resultado.

Examen de septiembre

Hace unos años, septiembre era un mes canalla para muchos estudiantes, que tenían que superar cuentas pendientes del curso anterior, después de un verano con menos cañas de las deseadas con los amigos, con los libros en la maleta y esa incómoda sensación de curso inacabado. Ahora eso ha cambiado, y las cuentas pendientes hay que pagarlas en julio, sudando como en el infierno, pero pudiendo convertir el verano en un oasis entre desierto y desierto, necesario para descansar y cargar las pilas.

Ahora septiembre es como enero, un mes en el que puedes partir con los buenos propósitos, con el reseteo ya hecho, sin mirar atrás ni un poco más de lo necesario. Momento para empezar colecciones, para generar buenos hábitos y ser feliz en el intento. Es como una nueva oportunidad para empezar el viaje limpio y aseado, con la maleta llena y los “quién sabe” en la mente.

Pero cuidado, porque los latinos ya nos pusieron sobre la pista del “tempus fugit”. El tiempo vuela. Aún más, seguramente, en las vidas de quienes vivimos en grandes ciudades y tenemos la agenda llena de cosas. Con razón en Vigo ya han empezado a poner las luces de Navidad, para que no se les pase. Aunque a menudo pensamos que son las acciones las que nos llenan la mochila de aprendizajes y experiencias, son esenciales las pausas en el camino. Para adquirir consciencia. Para revisar la última etapa. Para cuestionar si seguimos o giramos para la siguiente.

Desde Dynamis, os proponemos para este nuevo curso que, a gusto del lector, planifiquéis o improviséis las pausas. Pero que las hagáis. Que os salgáis del río que os lleva, miréis el mapa y reviséis si estáis donde queríais estar, o en caso contrario, qué podéis hacer para no seguir por ese camino de la misma manera. Dando a la expresión “cómo pasa el tiempo” un valor positivo.

Aunque si no lo lográis, tranquilos: dentro de 11 meses, podréis volver a hacer un reseteo.

El oasis del 0% de desempleo

No es la primera vez que se habla en este blog de la preocupación que producen las cifras de desempleo juvenil que tenemos en España, por encima del 40%. Pero luego, como casi siempre, la realidad es paradójica. He aquí que, en este contexto, esta semana estuvimos dando un taller de técnicas de búsqueda de empleo con un colectivo de jóvenes que tienen unas cifras cercanas al 0% de paro. Muchos están trabajando antes de terminar la carrera. Se trataba de estudiantes de ingeniería de sistemas informáticos. Así que les hablábamos de la importancia de hacer un buen curriculum, o enfocar adecuadamente una buena entrevista de selección, y nos miraban que si nos hubiéramos caído de la Luna.

En un entorno de enorme dificultad por la crisis económica y sanitaria, muchas empresas tienen dificultades para cubrir sus necesidades de profesionales con perfiles técnicos, con competencias digitales, para afrontar sus necesidades de negocio. En este pequeño oasis para la juventud, nos atrevimos a decirles al final: vosotros que podéis, sed exigentes con vuestros empleadores. No os dejéis obnubilar por las cantidades astronómicas que se pagan en ciertos casos a los recién egresados que tienen perfiles muy demandados. Sondead todo lo que sea necesario, para encontrar esas oportunidades profesionales que os permitan hacer brillar vuestro talento y que permitan que lo podáis desarrollar.

Quienes tienen posibilidades de escoger empleo, tienen el derecho, y me atrevería que decir que el deber, de impulsar el desarrollo de organizaciones sostenibles, que cuiden a las personas y respondan a sus intereses y motivaciones.

Del mismo modo, las organizaciones tienen el derecho (y el deber) de cuidar sus cuentas de resultados, evitando meterse en espirales insostenibles. Hace unos días, en una entrevista con una directora de Recursos Humanos de una pequeña empresa que cuida de verdad el talento joven, nos hablaba de sus dificultades para retenerlo, por la complejidad para competir con los salarios que se pagan en el sector.

Ojalá, cada vez más, los profesionales que se mueven en ese pequeño oasis en el que la demanda de trabajadores es superior a la oferta, activen el desarrollo de sistemas de trabajo que valoran al talento de una manera holística, reconozcan el esfuerzo de las pequeñas empresas que se esmeran en proporcionarles un entorno de crecimiento y por lo tanto impulsan también al cambio a esas otras empresas que, por velar en exceso por los resultados a corto, desatienden a su capital humano.

La cantidad de ninis aumenta

A lo largo de los últimos meses, se han publicado muchos artículos que hablan sobre cómo se sienten los jóvenes a raíz de la pandemia. Páginas que recogen un marco actual sobre jóvenes con una edad comprendida entre los 18 y 25 años aproximadamente. Es esperanzador saber que a pesar de los momentos tan difíciles que nos está tocando vivir, a pesar de la crisis económica y la tristeza generalizada (el 38% de los jóvenes se siente muy desesperanzado sobre su futuro), los millennials confían en que vendrán tiempos mejores y por ello siguen soñando con oportunidades para avanzar. Sin embargo, hay una gran diferencia entre el porcentaje de personas que aseguran querer irse del país en busca de un mejor futuro versus el porcentaje que se queda acomodado en España en paro o sin hacer nada. 

Aparte de las razones que tantas veces hemos escuchado como la persecución de salarios más altos o la búsqueda de mejores oportunidades, ¿qué es realmente lo que motiva a este colectivo a querer emigrar? Ante la imposibilidad de dar el salto e independizarse en la misma ciudad donde residen sus familias, ir a trabajar al extranjero suena altamente apetecible. Podríamos decir que es una excusa que les da alas para poder dar un paso más en sus vidas, en sus caminos. Además, ven esta experiencia como una manera divertida de desarrollar su potencial y crecer tanto personal como profesionalmente. Buscan salir de su zona de confort y descubrir una nueva cultura, un nuevo idioma. En definitiva, buscan satisfacer su necesidad de alimentar su curiosidad y saciar su hambre por aprender. Los millennials son una generación exigente y muy bien preparada; creen que pueden cambiar el mundo y por ello la idea tradicional de trabajar a cambio de pagar sus gastos no les llena. Hacerse un hueco en una ciudad extranjera, con todos los estímulos que conlleva ayuda a cubrir sus necesidades. 

Por otro lado, lanzarse a la piscina no es para todo el mundo. Requiere valentía, mucha motivación y algo de dinero ahorrado. Los jóvenes que terminan encontrando una salida y terminan yéndose demuestran cierta proactividad, paciencia y persistencia. Además, las estancias en el extranjero, conociendo mercados internacionales y adaptándose a nuevas situaciones aumentan las probabilidades de encontrar trabajo a la vuelta, ya que les diferencia del resto. Según la startup GrowPro Experience, los jóvenes españoles buscan experiencias temporales de máximo dos años. Lo cual demuestra que los millennials tienen sed de conocer pero con fecha límite, ya que sienten que como en casa no se está en ningún sitio. Puede que esto último sea lo que eche para atrás a todos esos jóvenes que aseguran que les encantaría encontrar oportunidades fuera del país, pero que, sin embargo, se quedan a medio camino. Es aterrador pensar que la tasa media actual de paro juvenil en España es del 40,13%, pero mucho más aterrador es ver cómo hay cada vez más “ni-nis” a consecuencia de la pandemia, ya que muchos jóvenes acaban sus estudios sin encontrar trabajo mientras que el número de despidos aumenta.

No hay creatividad sin escucha

En las sesiones de formación, que hacemos con jóvenes y profesionales senior para desarrollar la creatividad, la creencia suele ser que el principio de un proceso de creación es un brainstorming, ponerse a idear. Pero, ¿con qué creamos? A veces olvidamos que creamos con la ”mochila” que tenemos: las conversaciones que hemos tenido, los libros que hemos leído, los lugares a los que hemos viajado, lo que hemos observado por la calle o en el supermercado… Igual que nuestros primeros antepasados creaban con lo que sentían en la naturaleza, lo que habían observado en sus salidas de caza, los ruidos que percibían de animales, que luego plasmaban en sus pinturas en las cuevas. A veces olvidamos que como esos prehistóricos creamos porque somos exploradores. Siempre la creación es posterior a la exploración. Cuanta más rica sea esta, más rica será la primera. Y explorar no deja de ser escuchar.

No nacemos teniendo todas las ideas en nuestra cabeza, nos convertimos en creadores porque aprendemos a escuchar. No puede existir el ingenio sin escucha. Ser permeables a la realidad, conectar con el mundo, nos hace mejorar nuestro potencial creativo. Descubrir nuevas visiones cambia nuestra mirada, y eso a veces da miedo, pero nos sorprende, nos agita, nos abre nuevos mundos de posibilidades que no nos planteábamos, y esto impulsa nuestra imaginación.

La complejidad de escuchar en el mundo en el que vivimos es que requiere un tiempo lento, dilatar el proceso, y eso choca con la inmediatez y una cantidad que nos venden continuamente, una rapidez atropellada que haciendo imposible la escucha, hace también inviable una creación profunda y con sentido. Solemos sentir, en sesiones donde guiamos proyectos creativos en equipo, que esta fase genera incertidumbre y se quiere pasar rápidamente a la siguiente, como si hubiera que ganar una carrera de 100 metros, como Alicia en el País de las Maravillas corriendo sin saber a dónde. Desde Dynamis les enseñamos en este trayecto que escuchar es vivir la incertidumbre como algo apasionante, donde estamos descubriendo lugares desconocidos, donde nos sumergimos para detectar un gran para qué, que de sentido a nuestro movimiento.

Otra barrera es que nos creamos “películas” en nuestra cabeza que explican cómo funciona el mundo, nos aferramos a ellas y no escuchamos, sino que oímos mientras tenemos en mente nuestra respuesta, el final de la historia. Nos condicionan nuestras creencias y prejuicios. Nuestro papel en las formaciones y mentorías es muchas veces liberar de estas ideas preconcebidas para lograr una escucha abierta y consciente. Si sabemos escuchar, hay señales en cualquier rincón, incluso en los gestos, los silencios, las emociones… Escuchar es un desafío, pero solo así podemos abrir la verdadera creatividad.

Dar y recibir

Dar y recibir, dos caras de la misma moneda. En estos tiempos donde la proactividad está tan sobrevalorada, sorprende que alguien pida ayuda para pensar. La proactividad implica llevar la iniciativa y en muchas situaciones, esta iniciativa, se orienta a demostrar lo que sabemos; en más de una ocasión sin saber qué va primero si la necesidad de las personas receptoras de la iniciativa o la de quien la ejerce para ver satisfecha su necesidad de acción.

Por diferente, ponemos en valor la apuesta que la Universidad Francisco de Vitoria (UFV) está llevado a cabo para mejorar los servicios de prácticas. Son momentos para dar una vuelta a lo que venimos haciendo y cuestionarse si se puede hacer de otra manera.

Con esta intención, la UFV ha pedido ayuda a diferentes profesionales de la universidad y de la empresa montando paneles de expertxs conjuntos donde pensar colectivamente e idear un servicio que potencie las sinergias entre las empresas y lxs universitarixs en prácticas.

Queremos resaltar la expresión, pedir ayuda. Lo de ofrecernos para darla se nos da bastante bien sobre todo si es para dar voz a nuestras ideas, lo de tener la apertura para recibirla ya es más rareza. A este combinado de dar y recibir ayuda, lo llamamos en Dynamis el impulsor generosidad; compartir ideas, conocimiento, trabajo, etc. con compromiso y pedir ayuda cuando se necesita agradeciendo los apoyos recibidos.

Cuando la UFV nos invitó a participar en uno de los paneles, no dudamos en decir sí. Era una ocasión de compartir nuestra experiencia con jóvenes y empresa, una vez más, el foco en lo que yo puedo aportar. Por contraste, las personas de la UFV que lideraban esta iniciativa mostraron una apertura infinita a escuchar lo que diferentes personas expertas expresaban. No solo nos escucharon a nosotrxs, nos presentaron previamente un mapa de empatía de todas las personas implicadas en las prácticas universitarias que indicaba una alta escucha. ¿Llamaríamos a esta escucha generosidad? Lo es, para saber dar hay que saber recibir también.

En breve descubriremos los resultados de su trabajo. No dudo de que será una propuesta valiosa y sostenible. ¿Qué va primero dar o recibir? En la acción de la UFV está claro, primero recibir para poder dar después.