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¿Qué es antes la institución o la persona?

Ando enganchada a una conocida serie que además de enseñarme diferentes hechos históricos, me está haciendo pensar algunas cosas.

Su protagonista, la reina Isabel de Inglaterra, nos descubre detalles de una vida alrededor de la corona británica y todos los que la sostienen y preservan.

Durante los primeros años de reinado, Isabel se ve obligada a representar un rol para el que supuestamente estaba preparada, pero que en el día a día, parece ir más allá de la preparación obtenida y la pone frente a una realidad muy diferente a la que sus profesores describieron para ella. Allí descubre que representar a la institución, la lleva a un entramado de relaciones sociales y familiares, seguramente muy diferente al soñado.

La serie pone de manifiesto el peso de las instituciones sobre las personas y como esto nos lleva a veces a tener que hacer sacrificios, a enfrentarnos a los que más queremos y a hacer prevalecer el bien colectivo frente al bien particular,  por mucho que esto pueda doler.

Y es que las instituciones son así, organismos fundados para desempeñar una determinada labor, pero sostenidos por un entramado humano y de usos y costumbres que a veces parecen no tener alma y que tejen la vida de todo y todos los que se mueven a su alrededor.

Isabel representa de manera muy descriptiva a ese líder que en solitario ha de tomar decisiones profundas, graves, que pueden poner en juego la estabilidad de mucha gente y a aquel que recoge también los vítores y honores por la labor bien desempeñada de mucha gente invisible.

Los líderes ,dicen, no nacen, sino que se hacen. Isabel, nace y se hace y todo gracias al enfrentamiento con una realidad que va más allá de libros, profesores y doctrinas. Es ahí donde ella se cuestiona, se conoce, se descubre, se reta y se realiza.

¡Oh capitán, mi capitán!

«El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo».

Winston Churchill

Ahora que estoy inmersa en una nueva lectura sobre la “Segunda Guerra Mundial”, a través del libro de Antony Beevor con ese mismo título, vuelvo a tomar conciencia de lo importante que es la figura del líder en cualquier ámbito: social, familiar, laboral…

Cuántas batallas no se hubieran librado, sin el entusiasmo de unos pocos que dirigieron a muchos hacia la consecución de un objetivo: liberar al país de la opresión, conseguir mejores condiciones de vida para los pueblos…

Los grandes líderes son verdaderos gestores polifacéticos que ejercen, llegado el caso, como guías, madres, mediadores, capitanes… y que en el ejercicio de su misión, tienen que relacionarse con diferentes personas que les acercan o alejan de la consecución de sus objetivos.

Cuando el líder cree en su proyecto, todo en su quehacer: actitud, palabras, gestos… denota un entusiasmo que se contagia y transmite a sus subordinados o compañeros. De la misma manera, si es en sentido contrario. Un líder abatido, disgustado, contrariado, transmitirá ese mismo estado anímico a la gente que tiene más cerca, consiguiendo probablemente peores resultados en su misión.

Quizás, de los aspectos que pueden definir a un líder, me remueven especialmente dos de ellos. Por un lado la capacidad de visualizar su empresa o proyecto como un sistema global y parte de un todo, ya que precisamente esa visión sistémica le permite pensar y tomar decisiones en términos globales e integradores.

Por otro, la capacidad de alinear a las personas en torno a un objetivo común consiguiendo su compromiso para lograr resultados extraordinarios. Cuántos soldados hubieran querido huir ante determinados conflictos y sin embargo el entusiasmo de sus dirigentes y creer en sus posibilidades y en la importancia de sus actuaciones les movilizó en muchos casos hasta morir.

¿Quién no se sube al barco de un capitán entusiasta, honesto, comprometido, que consigue hacerme ver la empresa, el objetivo como alcanzable, gracias a mi esfuerzo y al del resto de compañeros que conforman la misión?

A veces y cito de nuevo a Churchill para finalizar este post, «las actitudes son más importantes que las aptitudes».